16 de julio - 30 agosto 2015

Centro de Arte Contemporáeno / Cuenca


EL ACTIVISMO DIBUJÍSTICO DE JAVIER BERGASA+PABLO VÁZQUEZ. Fernando Castro Flórez

Javier Bergasa y Pablo Vázquez se han puesto, literalmente, manos a la obra para desarrollar frenéticamente una serie de “cadáveres exquisitos” durante  una  reclusión  voluntaria   en   Cuenca.   En  su activismo dibujístico no hay especulación sino pulsionalidad, la sedimentación de  un  deseo  de hacer algo juntos pero, sobre todo, un vaciado de su “imaginario compartido”.  Ciertamente Javier Bergasa  y Pablo Vázquez no están atravesados por  el tono de  la decepción, al contrario, dejan que se desborde por sus manos, con la reducción auto-impuesta de emplear únicamente el color negro, una suerte de zoología fantástica que viene a poner un muro de resistencia a la banalidad de lo cotidiano.

El “bestiario” de los cadáveres exquisitos de Javier Bergasa y Pablo Vázquez no sigue ninguna pauta de realismo ni pretende simular minuciosamente la realidad. La estética asumida por estos dos creadores les aparta de los placeres del trampantojo así como de su inequívoca literalidad “virtuosa”. Prefieren generar un mundo quimérico, donde prolifera lo extraño y campa sin limitación lo monstruoso. Tampoco quieren volcar una zona traumático-real ni sus imágenes son fruto de la angustia; en su proliferación vertiginosa de dibujos lo que encontramos es un impulso vital, una urgencia por generar seres mágicos y singulares que si nos desconciertan es menos por su condición siniestra que por su anómala “simpatia”. En sus dibujos van más allá de lo estrictamente humano, en una construcción de un mundo que tiene, más que nada, que ver con lo onírico e incluso con la condición surreal del imaginario. Los seres imaginarios de Javier Bergasa y Pablo Vázquez están alimentados de sombras, sus cuerpos híbridos han sido compuestos con el negro más intenso, casi podemos decir que se han “tragado” lo fantasmal de la alteridad. Esas formas no funcionan como “reflejo especular” sino, en todo caso, como azogue que ha dejado de estar oculto para expandirse en direcciones sorprendentes. El ánimo de la sombra de estos artistas conjurados para hacer algo juntos les sitúa, más allá de la melancolía, en un viaje que, valga la paradoja, les obligo a asumir un comportamiento provisionalmente sedentario. Su encierro fue sumamente productivo porque fueron capaces, en sentido figurado, de recuperar el placer infantil del juego de manos que producía sombras en el muro. En vez de la caverna platónica  una  estancia  lúdica  en  la  que  triunfan los deseos de que el mundo pueda reencantarse.

 

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Los negros dibujos de Javier Bergasa y Pablo Vázquez imponen la presencia de seres post-y-pre- humanos, combinaciones grotescas de elementos que remedan la estructura de cabeza-tronco-extremidades pero que no nos reflejan a nosotros, en todo caso,    son “lo monstruoso” que late en lo más recóndito de nuestra mente. Hay que estar preparado, especialmente cuando contemplamos los dibujos de estos artistas, para escuchar lo inaudito. Efectivamente, como la imagen surrealista “a lo Lautremont”, la chispa de la imagen surge, también en el proceso creativo de Javier Bergasa y Pablo Vázquez, en el encuentro de lo radicalmente disímil (un paraguas y una mesa de coser sobre una mesa de disección), en una metaforicidad expandida que nos seduce y desconcierta.

Los dibujos pulsionales de este dúo, que se articula en ocasiones con el nombre de guerra del “bacteria ART GROUP”, dan cuenta de una imaginación torrencial en la que pueden aparecer cabezas con tres perfiles y sonrisas grotescas, un cuerpo con forma de cáliz y un paquete-televisor por cabezas rodeado en la parte inferior por ramas tallos espinosos, una figura con el aura de santidad, fechas en las alas, una bombilla en el pecho y la terminación con aspecto de pez, un ser con pinta de extraterrestre y patas de araña, un libro agujereado en el lugar capital, unas extremidades apoyadas en precarias barcazas, un orangután que tiene por brazos un montón de lapiceros, una lámpara “de Aladino” de la que sale un ser horrendo, una paleta en la que reposan pétalos y dos pájaros cerca, unas piernas femeninas marcadas por cicatrices y un sexo al desnudo que incita al deseo y lo frustra con la aparición de los brazos “pulposos”, una doble calavera “jánica” sobre un cuerpo en forma de torreón, una cabeza piramidal sobre lo abyecto de una meada, un torso de mujer con tres tetas, polla con dos cojones bien peludos en el lugar donde tendría que estar la cabeza sobre un cuerpo “musical” pianístico, una torre alada y un dedo cerca de un pezón o un paraguas, a lo Magritte, del que caen gotas negras sobre oscuras raíces. Este mundo onírico y monstruoso impone su pasionalidad, nos invita a ir más allá del “orden del discurso”, sin respetar la lógica de las semejanzas y las similitudes, abiertos a lo maravilloso por extraño que sea.

 Fernando Castro Florez

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