13 de agosto -18 de Octubre 2015

Centro de Arte Contemporáneo/ Cuenca


La Fundación Antonio Pérez acoge, bajo el título ‘Todas las familias, algunas personas y... pocos gestos’. En palabras de la propia Marta Díaz en una entrevista para las Noticias de Cuenca; Se trata de fotografías familiares que tenía en casa impresas, “como ya no sé si las va a tener la gente de las nuevas generaciones”, me han servido de inspiración para una serie de retratos en acuarela intencionadamente algo desdibujados con el fin de “quitarles la identidad propia de mi familia para que todo el mundo se pueda reconocer en ellas, identificarse”.

 

A estos dibujos añade retratos a lapicero de personas a tamaño real, algunas de las cuales las ha distribuido por distintos rincones de la capital, y una serie de pequeños cuadros bordados con hilo de oro en los que ahonda en la identidad y los gestos de las personas.

 

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Todas las familias

Todas las familias felices se parecen. En su casa, como en todas, había álbumes de fotos y cajas con fotos. Además, una maleta en el altillo. Los álbumes exponían una selección de los momentos más memorables y las mejores sonrisas, esas imágenes que se enseñan con orgullo a las visitas. Las cajas y la maleta almacenaban todas las demás. En color, o en blanco y negro las primeras, todas recordaban la vida de la familia. El tiempo que se fue fijado por la alquimia. Instantes detenidos y guardados para ser revividos en un mundo de sombras. Rostros que sonríen: comuniones; bautizos; los primeros pasos; la moto que llegó por fin; un baile en la verbena; aquella excursión al río comiendo bajo los chopos; vacaciones en la playa; la abuela siempre de luto; las siestas del verano; en sus pies los zapatos nuevos que tanto le apretaban; el juego de los niños; amigas que pasean endomingadas; sus hermanos y sus padres en el libro de familia numerosa; sentada en el pupitre en el colegio con sus trenzas y el babi azul, ¿o era rosa?; la madre entre los geranios de la terraza; todos fumando en aquella boda; junto a la catedral, ¿qué catedral?, ¡qué más da!; el abuelo al que no conoció; su tío de uniforme en un permiso de la mili; las rosquillas de la feria; los primos en la piscina; las Navidades de la emigración; la muñeca que tanto le gustaba y aquel perro del que nadie recuerda su nombre. Rostros que se desdibujan, que se diluyen y se funden en el tiempo En su niñez buceaba entre las fotos durante tardes enteras, fascinada por aquellas personas que miraban a la cámara con la solemnidad del que está dejando algo de sí mismo para no morir del todo. Buscaba, imaginaba las historias que se escondían tras cada imagen. El relato de su vida, de la vida de su familia, de cualquier familia, de todas las familias.

Algunas personas

¿Eres tú? ¿Tú el que está ante mí aquí, ahora, siempre? ¿Quién eres? ¿Qué puedo esperar de ti? ¿Qué me muestras cuando te miro, cuando leo en las líneas que perfilan tu cara, tu axila, tu tobillo? ¿Qué ofrecen tus manos abiertas? ¿Qué me ocultas cuando me hablas, cuando me lo dices todo? ¿Qué me cuenta tu silencio? ¿Dicen tus ojos lo que la boca calla? ¿Refleja el rostro tu ser más oculto, ese que presiento en un gesto, en un destello que cruza, fugazmente, tu mirada? La curva de la nariz, la sombra de las pestañas, el arco de una ceja, ese mohín en tus labios pero también esa forma de cruzar las piernas. Y el dedo gordo del pie. La pupila inocente, incluso, de los tres años, y los dedos que buscan el calor de su madre a los seis, y la boca que desafía a la vida, con veinte, y el gesto cansado de tu madurez desengañada, y todo el tiempo dibujado en tu rostro ya en la vejez. Ese también eres tú. Ese mechón de pelo, el pantalón oscuro, tu muñeco de peluche, el tacón en mis zapatos, el tatuaje en tu hombro, o la desnudez del pie en su sandalia, tú también. Reflejado en las múltiples capas que cubren tu alma, que cubren tu cuerpo, que te envuelven y que son tú mismo. Y me miras de frente y me preguntas: ¿Soy yo? ¿Y yo quién soy? ...

Y pocos gestos

Penélope teje durante el día y deshace lo tejido en la noche y así espera, solitaria, el regreso del héroe. Ariadna, con su hilo, burla el laberinto y salva a Teseo del Minotauro, el mismo Teseo que le ha jurado su amor y que la abandonará después en la isla de Naxos. Aracne confecciona tapices que despiertan la envidia de Palas Atenea. Filomena borda su tragedia sobre un lienzo que envía a su hermana Procne y, juntas, vengan el ultraje. Tejer, bordar Labor femenina, labor ancestral. Labor doméstica, represora. ¿Profesión de la madre? Sus labores. Labor primorosa y paciente. Amor en hilo. Dibujar con aguja, perfilando el rostro, las manos, el cabello deteniendo un gesto, una mirada, atrapando el instante en la eternidad de la hebra dorada. Dibujar el tiempo bordando la fugacidad de un gesto. Con Penélope, con Ariadna, con todas las mujeres que entretejieron sus sueños y, con el hilo, bordaron sus anhelos.

 

Marta Díaz

 

 

 

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