14 noviembre 2014 – 11 enero  2015

Centro de Arte Contemporáneo | Cuenca


Los números del espacio nos acerca a un mundo enigmático de iconografías y caligrafías mediante la estética característica del artista; la yuxtaposición de fondos sencillos con elementos simbólicos, elaborados mediante el contraste generado por dualidades cromáticas, en su mayoría por el blanco y negro.

 

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“[…] Lo cierto es que mucho ha llovido desde que los primeros artistas dejasen su huella en las atapuercas del arte. Hubo renacimientos, edades de oro, plata y bronce, ilustraciones y romanticismos, vanguardias y transvanguardias, tanto primitivismos como posmodernidades. Sin embargo, la embriaguez provocativa del pincel sigue dando nuevas luces, interrogantes y pasatiempos, para otras coordenadas y nomenclaturas posibles, de cara a la propia definición del arte como un hecho esencialmente humano: el producto socionatural devenido por excelencia  De la perplejidad al aire libre de los griegos a las ultratumbas profanadas del Egipto, de la singladura cubista a los futurismos despampanantes, en apenas un chasquido de dedos la estela total del arte parece un milagro cuasidivino sumergido en la inmensidad geocósmica de todos los negros.

El arte parece tener su tempo propio, al compás incierto de la andadura de la humanidad en el globo terráqueo. Y esto se intuye directamente en la obra de Jesús Ortega, cuyos cuadros revelan una cercanía envolvente a esa propiedad misterizante que tienen los símbolos de todas las épocas. En cada pieza emana para el común de los mortales una mixtura aleatoria de mensajes ocultos, estos circunloquios apofánticos de la exuberancia del blanco, frente a los cuales tal vez hagan falta otras piedras de champolion como referencia de bolsillo para la  interpretación de los criptogramas consuetudinarios del extravío.

A decir verdad, en las pictografías del artista Jesús Ortega […], hay un deleite exquisito hacia la caligrafía en sí misma: muy zen y muy ciber a la par, tan extremoriental como euroccidental, lo mismo da. Es la temática profunda del trabajo diario de un pintor conquense, que igual podría haber sido del Canadá, indio amazónico o saharaui desterrado, dando cuenta de su periplo existencial por medio y a través del arte.

Así es que la validez incontestable de la propuesta estética de Jesús Ortega radica no solo en la belleza intrínseca de la composición mimada en cada pieza individual: estos pentagramas exotéricos del hipervínculo, constelaciones discontinuas del azar, dialécticas efímeras del contagio, planisferios auráticos del contraste, complejas indagaciones postmarcianas que se insinúan descaradamente, sino que también los cuadros poseen vida propia, en tanto que espacio providencial de la secuencialidad minimalista del día a día: estos detritus comunicacionales, soportes monádicos pincelados, abreviaturas hipersensitivas del ocaso, en los que se fragua la inscripción originaria del quehacer artístico como una techné alucinatoria. De la nada a la totalidad en el cronómetro propio del acto de pintar.[…]

Su obra reúne en esta exposición una serie de piezas altamente diseñadas en los altares de la razón de la sinrazón, en los aposentos del goce preinternáutico y las regiones sublunares de la intuición. El propio Juan Eduardo Cirlot-poeta donde los hubo de la simbología y la abstracción- hubiese satisfecho su curiosidad descifrando cada uno de estos párrafos cuneiformes de la extravagancia, las contraseñas sapienciales de su ayer, cada uno de estos cuadros orteguianos ilustrativos de una superlengua archiconocida en esta ciudad de la castellanidad jucariana que es la de las bellas artes -con mayúsculas y en fuente zobeliana-[...]”

Samir Delgado

Extracto del prólogo del catálogo de esta exposición, escrito por Samir Delgado

 

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