6 de septiembre- 2 de noviembre 2014

Centro de Arte Contemporáneo / Cuenca


Estos trabajos nos recuerdan algo de la memoria de la pintura. Desde la distancia funcionan como seudo-pinturas porque esos objetos sobre la superficie neutral tuvieron la posibilidad de ubicarse allí justo gracias a la potencia de su color. El color puede expresarse por medio de la pintura o de cualquier otro material introducido en el cuadro. Por emplear objetos, las obras adquieren también las dimensiones escultóricas, representan sin ilusión, sin simbolismo. No son la imagen de algo, sino son ellos mismos. Es sobre el interés en la materialidad, en la forma, en el color. Una celofana relumbrosa, un trozo de madera, de metal: cada material hace emanar el color de una manera particular, dota al cuadro de una fuerza especial.

Cada objeto tiene su carácter concreto y abstracto. El color sabe hacernos olvidar la materialidad gracias a su capacidad ilusoria. Se independiza del material y crea su propio espacio indefinido. Es la diversión de los sentidos. La mano escoge lo que le dirige el ojo. El interés reside en el empleo de los materiales elegidos, encontrados con cierta fe que serán capaces de hablar por nosotros; que cada cosa es activa por ella misma. El momento decisivo es la experiencia de la percepción, la manifestación más pura que no necesita ni sofisticación ni justificaciones.

 

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Cada material igual que solo un fragmento suyo, tienen el potencial de evocar significados. Pero una obra abstracta está libre de tener que enunciar algo. Aunque las obras contienen fragmentos de cosas reales, tenemos que desfamiliarizarnos de ellos y no crear misterios sobre lo que es en realidad está ocurriendo en el cuadro; lo que quiere y no decir. Es casi imposible reconocer el momento donde se terminan los actos intuitivos y donde empieza la lógica y la inspiración consciente. Este principio creativo quiere ser intuitivo, para que la creación se convierta en actos puros, en servicio a la construcción de una consciencia nueva, no muy conocida lógicamente. Aparentemente con el objetivo del no esfuerzo, sin embargo es un trabajo exigente para conseguirlo.

Nosotros creamos la identidad y valor al arte: definimos, derivamos, clasificamos, jerarquizamos. Y todos pensamos que sabemos qué es el arte y qué no lo es. ¿No serán todas estas tendencias lógicamente construidas una farsa?

La filosofía occidental sobre el progreso no nos abandona. Pero hay unos que no quieren ir de genios que crean cosas únicas. Rechazan el ego del creador, quieren crear obras que pueda componer cualquiera que tenga la voluntad. Lo improvisado es lo libre de verdad porque permite cualquier cosa. Liberarse de todo el bagaje anterior, de la repetición. No intenta imitar. Eso es la libertad.

Paula Koisova

 

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