12 de diciembre 2013- 2 febrero 2014

Museo de Obra Gráfica / San Clemente


¿Cómo puede un artista haber sido protagonista, residir en un lugar capital del arte de nuestro tiempo, y parecer borrarse su memoria de ese tiempo y de su geografía?. ¿Encontrarse con los personajes de aquella época en Cuenca, con artistas como Bonifacio Alfonso, Florencio Garrido, Luis Martínez Muro, Antonio Saura, Manuel Viola o Fernando Zóbel y parecer desvanecerse su recuerdo entre la historia?.

Ese parece haber sido el caso, hasta esta fecha, de José Luis Jiménez España, Pepe España (Málaga, 1930-Biel, Suiza, 2007), quien llegado a Cuenca ya en 1963 e instalado desde 1964, permaneció un decenio capital de esa ciudad, para marchar en los años setenta a Berna, residiendo finalmente en Suiza hasta su muerte, con frecuentes viajes a su Málaga natal.

Ubicado su estudio en el corazón del casco histórico conquense, calle de San Pedro número ocho, un estudio elevado sobre la calle, apenas accesible a las miradas, taller mirador sobre el paisaje de la ciudad, también sobre la planicie que se extiende allende el río, un lugar ignoto en el que este pintor afable permanecía encerrado, ajeno a las miradas, enfrascado en la pintura durante días. Junto a los estudios de Zóbel, Saura, Bonifacio Alfonso o Luis Muro y la vivienda de Ángeles Gasset, a unos pasos de la actual casa de Antonio Pérez o frente a la de González Ruano, que luego habitara Gerardo Rueda. Conociendo a buena parte de los artistas de eso que hemos llamado “la aventura abstracta” -o “la poética de Cuenca”, el grupo de Cuenca, en definitiva-, la presencia en la ciudad del malagueño España fue muy relevante en ese tiempo, devenir capital para el lugar y para el desarrollo de las artes en nuestro país.

Incluido en un libro de ese tiempo, escrito por Federico Muelas, “Cuenca en volandas”, editado por esta Diputación conquense, también ha de considerarse muy relevante su presencia permanente en la actividad artística de la ciudad, una presencia plena. Buen reflejo de ello son sus cuatro exposiciones individuales (1966, 1968, 1969 y 1971) en la Casa de Cultura de Cuenca o en galerías de la ciudad, muy dinámicas en ese tiempo, como la Sala Toba (1973) o su inclusión en colectivas, como la de 1970 en la Sala Honda o en otra singular, organizada por la Diputación conquense, que se mostró ya en San Clemente. A ello podríamos añadir el ingreso en las colecciones de la Casa de Cultura o, también, del Museo de Cuenca, en 1977, de un amplio conjunto de sus obras. Otrosí, el amplio eco que su presencia en la ciudad ofreció la prensa de ese tiempo.

“Vuelta al origen” es, como se ve, título más que justificado, que refiere la vuelta a Cuenca y San Clemente este 2013 de la obra de Pepe España, pero también cómo su estancia supuso un punto crucial en su devenir como pintor, que le serviría para incorporarse, de pleno, a las vanguardias al final de ese tiempo tras su procedencia de la pintura figurativa. Su quehacer pictórico enlazaba, en especial a partir de 1970 con el conjunto de cuadros con título “La Cinta”, no tanto con los artistas abstractos conquenses sino, más singular, ofrecía una propuesta que miraba hacia el promisorio futuro de la década de los setenta, y el futuro tiempo “multicolor” que llegaba y a las nuevas generaciones formadas al amparo del singular proceso sucedido en torno a Cuenca. Su estancia en la ciudad coincidió con los viajes de Simón Marchán Fiz, y las conferencias de este en Cuenca (en 1968 y 1971) tituladas, respectivamente, “Las últimas tendencias plásticas internacionales” y “Evolución de las tendencias representativas. 1960-1970”, charlas ilustradas con diapositivas y agitado debate según la prensa que supusieron, sin dudarlo, para el público conquense, la posibilidad de conocer, de primera mano, el vértigo que embarcaba al mundo del arte de ese tiempo, viajero desde el ocaso del informalismo que en cierta medida protagonizaba Cuenca, hacia nuevas tendencias representativas, en las que se aunaban restos del pop, arte conceptual y povera, y una cierta reflexión nihilista. Agitado paisaje post-informal en el que el pintor España estableció una propuesta en extremo sugerente.

 

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MUSEO DE OBRA GRÁFICA-SAN CLEMENTE

La obra de Pepe España pudo verse en San Clemente ya, en una exposición organizada por la Diputación de Cuenca, en 1970, dentro de la llamada Exposición de Artes Plásticas-Semanas Culturales de Primavera.

Tras la reciente exposición en Cuenca de sus pinturas, principalmente las desarrolladas coincidente con su estadía en la ciudad, en San Clemente se muestra ahora una selección en la que se observa una de las grandes cualidades de Pepe España: eso que hemos llamado el elogio del dibujo, que ejerció durante toda su trayectoria.

Defensor del dibujo como esencia del arte, en San Clemente se muestran obras desde 1963, año de su llegada a Cuenca, y los años setenta, suponen la verdadera puesta en pie de una singular inteligencia de la grafía.

Es frecuente que sus obras reflejen el paisaje de Cuenca que parece haber impactado, notoriamente, el quehacer de Pepe España, muestra de lo que la crítica llamó la “borrasca de paisajes”, el aire descarnado que destila su aislamiento en el silencioso y recogido mundo conquense, donde hallaría refugio para meditar y pintar. Algunos de sus dibujos de ese tiempo, en San Clemente se muestran tres de 1968, parecen recrear el efecto geológico sucedido en la hoz del Júcar, frente a su estudio, en especial los conocidos como “ojos de la mora”, oquedades tal cráteres que conforman una suerte de rostro con ojos hundidos, colgados en ese espacio singular y yermo y que Pepe España parece trasvasar a unos dibujos con aire de vanitas, confundiéndose la geología con la osamenta. Tocones, moles pétreas, naturaleza inefable, y es que el paisaje de Cuenca no era una cuestión, tan sólo, de los pintores del pasado y lo trataron, también, los artistas de nuestro tiempo.

Con un restringido uso del color, Pepe España compone o deconstruye la figura, capaz de elevar un retrato o un cuerpo, con apenas una línea que parece haber sido trazada sin levantar su mano del papel. Dibujos de caligrafía minuciosa, que le emparentará con una cierta escuela linealista, de pintores amantes de la línea. Frenético quehacer el de este tiempo, en el que la paleta se ha reducido al negro de la tinta con que realiza los signos, y unos controlados toques de color, de aire informal. Signos que le emparentan con la herencia de las escrituras kleeianas; el automatismo del breve Wols; el despliegue de líneas del frenético Michaux; las caligrafías emuladoras de los inquisidores de Millares, el frenético Torquemada o, más cerca de nuestro pintor, el encuentro con las finas grafías disciplinadas de Ángel Cruz o el desparpajo del Bonifacio revisitante de los Cobra. Algo que queda claro, también, en ciertos dibujos de ese tiempo que parecen mirar hacia Antonio Saura. Cabezas desmesuradas, con algo de elegíaco, de denodada brega con el signo y el color, retratos que parecen estallidos de luz de aire brut, metamorfosis de un monstruo de signos lanzados a la inmensidad del espacio pictórico. Junto a ello, otra lectura de su trabajo en este tiempo, es la capacidad para viajar desde la representación clásica, a la abstracción plena, como es el caso de los dos singulares dibujo-collage de 1969, muestra de la influencia de la abstracción de la llamada “ciudad abstracta”.

Manuel Augusto García Viñolas, Elena Flórez o Mercedes Lazo, críticos entonces muy activos, dedican amplios elogios a su obra, subrayando los dibujos. Especialmente significativo me parece el juicio de Elena Flórez, quien sentencia que el quehacer de España supone una sorpresa frente a la fatiga del dibujo picassiano o el gesto del arte informal o que García Viñolas subraye el espacio vacío que cuenta entre el agitarse sígnico de sus dibujos y considere su propuesta “muy válida”.

Concluyendo: si justificado es el título “vuelta al origen”, no lo es menos subrayar que es, pues, vuelta a Cuenca y, en este caso, a San Clemente.

 

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Diputacion de Cuenca

Fundacion Antonio Pérez

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