22 de junio - 1 de septiembre - 2013

Centro de Arte Contemporáneo/ Cuenca


 

Se encontraba el filósofo Adorno, exiliado en los Estados Unidos desde 1937, en un centro universitario adonde había acudido en calidad de intelectual europeo salvado por los científicos norteamericanos. La verdad es que nunca estuvo del todo claro –ni siquiera para sí mismo- lo que aquel ingenuo neomarxista frankfurtiano –a quien algún colega veía como una especie de “falso príncipe” se proponía hacer a manera de contribución al saber positivo, pero es seguro que de algo poco positivo se trataba. Parece ser que un académico sin pelos en la lengua le puso las cosas blanco sobre negro: “Usted ha venido usted a aquí para hacer research, no para pensar”.

En efecto, se diría, una cosa es investigar en grupo, en función de un proyecto, y otra muy distinta ponerse a pensar por cuenta propia, sin plan preconcebido, sin control de outputs ni rendimientos objetivos mensurables. La institución académica podía subvencionar researches bien delimitados, pero en absoluto especulaciones sin límite establecido. Por lo demás, lo que Adorno entendía por pensamiento auténtico venía siendo algo de un orden no sólo teórico, sino crítico, es decir, orientado hacia la praxis, un registro ético-político bastante claramente diferenciado (aunque se supone que complementario) respecto de los propósitos utilitarios de las derivas tecnológicas de la ciencia. Pero es que, por otro lado (todo hay que decirlo), es posible que aquel académico tan taxativo diese por supuesto el hecho de que eso de pensar bien puede hacerlo cada uno en su casa, y más o menos gratis, o a muy bajo precio, por lo cual no se tendrían por qué pedir ni muchas ni pocas subvenciones.

Comento este asunto –que Adorno seguiría evocando años después, como un pequeño trauma- por la cantidad de veces que lo he recordado hablando con Jaime Lorente en la Facultad de Bellas Artes de Cuenca, donde tanto él como yo trabajamos. El problema estriba en que éste que es mi colega, como todos los demás enseñantes del Centro, se ve permanentemente animado, o conminado, a cursar su carrera académica a título de miembro del “personal docente e investigador”. Es decir, que no basta con ejercer la docencia, sino que también hay que investigar. Esta exigencia está, por supuesto, más que justificada, en la medida en que un profesor no debe limitarse a transmitir con mayor o menor fortuna o eficacia unos saberes años atrás aprendidos, sino que tiene la obligación de esforzarse en adquirir nuevos conocimientos y contribuir en alguna medida a su incremento.

Sólo que esto, desde luego, comporta problemas específicos. Porque no puede ser lo mismo investigar en un laboratorio de física, química o biología, o hacerlo en alguna rama de la historiografía del arte (esa ciencia que, dicho sea de paso, tantos de sus practicantes tienden hoy a poner en cuestión en aras de unos “estudios culturales” o “visuales” de método indefinido) o de la filosofía (en donde siempre nos quedaría el modelo de Kant…). De manera que a cada uno su problema: yo mismo, sin ir más lejos -y salvando las distancias-, me hallo a este respecto en una tesitura no muy distante de la de Adorno (y de Kant…). En efecto, a diario siento que, aparte de para enseñar, no estoy en la Universidad para “pensar” (eso puedo hacerlo y a veces lo hago de hecho en casa, al menos cuando mi hija no da la vara), sino más bien para “investigar”.

Del mismo modo, Jaime Lorente no se encuentra en ella sólo para dar clases de pintura, ni mucho menos para pintar (para eso, se supone, dispone de su propio estudio). En todo caso, hay como una voz profunda, de origen incierto y apariencia insidiosa, que flota por los corredores y rebota en las paredes de los despachos de la Facultad, que deja oír su eco inacabable repitiendo una y otra vez: “¡usted no está aquí para pintar, sino para investigar!”. Y es por esto por lo que el pintor, un tanto confundido aunque disciplinado, lleno de buena voluntad, no tiene más remedio que ponerse a investigar.

 

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Pero ¿cómo investigar? ¿Investigar qué? Parece difícil, pero la verdad es que Jaime Lorente lo sabe. Y desde hace tiempo, por no decir que desde el principio. La prueba la tenemos en una trayectoria caracterizada por una voluntad inequívocamente exploratoria, jalonada por lo que Agustín Valle definía en cierta ocasión como “una serie personal de operaciones” y que en la que ya a mediados de los ochenta reconocía Miguel Fernández Cid -con notable clarividencia, hay que decirlo- “una conciencia, extraña y significativa, de estar inmerso en un proyecto a largo plazo”, un ejercicio de imprevisible alcance, lleno de momentos, de giros y de transiciones.

De hecho, sus primeros trabajos fueron saludados por su exuberante energía, por la franqueza y resolución de su compromiso con la pintura. En unos formatos de tamaño considerable, se orientaba en una dirección de sesgo expresionista en donde abundaban las imágenes con apariencia de paisajes fragmentarios con figuras inquietantes, ocasionalmente a modo de ramajes filiformes, en un tono de ingenua seriedad de la que ya finales del decenio comenzó a desprenderse para internarse en la exploración de diferentes soportes y materiales (fotografía, corcho quemado, latón, terciopelo…), que pronto le llevarían al punto de inflexión que supuso su serie de cristales serigrafiados sobre corcho, acero o fotografía, en donde la superposición de unas curvas de nivel sobre fondos diversos nos hablaba del dibujo como diagrama, como imagen racional indicativa del lugar de un objeto o un fenómeno. Un lugar que pronto se revelaría como el taller, el lugar de la pintura, representado por un interior velado y borroso, espacio de recogimiento y de creación –ocasional “cuartel de invierno” y protectora “cáscara de nuez”, decía Horacio Fernández- laboratorio desde donde el artista se empeña en disponer un orden, un mundo, a partir de ese pequeño caos del que nace la experiencia.

 

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Tras un período de transición, en el que Jaime Lorente se atrevió con una serie de imágenes realmente extrañas de fotografías de fragmentos de carne humana cruda, de pedazos de cuerpos torturados por el fitness de gimnasio inscritos en pan de oro, y luego en dibujos procaces de purpurina (peculiar homenaje al género del desnudo), la próxima estancia en su permanente proyecto exploratorio se revelaría tan fecunda como duradera. En ella había de predominar la que Ángel González llamaba la comensalidad del arte, esa función socializadora uno de cuyos paradigmas encontramos en las comidas compartidas, habladas, en la conversación de sobremesa, esa situación en la que, por analogía a lo que Schiller decía a propósito del juego, el ser humano, libre de la necesidad animal y desligado de la presión de los imperativos morales, puede mostrarse en su plena humanidad.

En este contexto Jaime Lorente ha actuado de una manera plenamente consecuente con el soporte elegido: manteles de papel de los que se utilizan en las mesas de los bares y los restaurantes. El resultado: una larga serie de bodegones (como celebración a la vez que exploración del género más universal de la pintura) que vienen a ser básicamente dibujos en los que se nos ofrecen imágenes de platos, tazas, cubiertos, e incluso utensilios de cocina vistos en picado, a veces sombreados, a veces sólo perfilados, y en ocasiones dispuestos sobre unos fondos de paisajes de aire vagamente oriental en los que, al pasar de la presunta horizontalidad originaria a la verticalidad de la pared en que se exponen, aparecen como objetos voladores –éstos bien identificados- que se ciernen sobre las figuras. O más bien las acompañan desde el cielo.

Unas naturalezas muertas simultáneas, por cierto, de otras algo más enigmáticas que se nos presentan como sombras de floreros, a veces sobre inciertas estructuras en donde aparecen pequeñas figuras, a veces sobre un fondo de constelaciones indicadas con brillos de purpurina. En ocasiones, el autor introduce motivos de otros artistas con los que comparte imaginariamente su mantel, y a los que seguirá remitiéndose en algunos posteriores óleos sobre tela: Jasper Johns, Frank Stella, Willem de Kooning o el caleidoscópico Lissitzsky son invocados en ellos no sólo a título de juego o de homenaje, aunque también, sino como exponente de algo que no dejaba de ser evidente por igual en el resto de su trabajo desde siempre, pero en particular a lo largo de estos últimos años: la concepción de la pintura en función de una pulsión exploratoria, de una voluntad de carácter reflexivo conducente, como ha señalado Miguel Cereceda, a una tematización de los fundamentos y los límites de la pintura misma.

En un momento dado, Jaime Lorente pareció haber alcanzado una especie de punto de implosión que le condujo a dar por concluida, al menos de momento, su exploración de la naturaleza muerta. De hecho, había llevado las cosas hasta el punto de desplegarlas ampliamente en forma de obra gráfica, a la manera explícita de coda, en donde las figuras culinarias superpuestas y yuxtapuestas tienden a tornarse menos identificables como tales y más como elementos de una especie de acumulación casi furiosa de líneas sin orden reconocible, una dirección que ha desarrollado hasta el límite en unas aglomeraciones tan abigarradas, que al parecer le aconsejaron tomarse un respiro en una serie de grabados en metacrilato sobre lienzo y cristales serigrafiados, que presentaban más sobriamente esos motivos lineales agrupados al abrigo de una suerte de constelaciones sólo indicadas, mencionadas, más que representadas.

En sus últimas obras, las realizadas a partir de 2009, encontramos algo así como una brillante síntesis, aunque probablemente igual de provisional que todas las estancias por las que ha pasado hasta la fecha. En efecto, sigue jugando con la superposición de imágenes, con las figuras y sus sombras, las líneas y los círculos sobre y bajo los cristales, la fotografía y la impresión gráfica, y finalmente, de manera bastante enfática, con el fragmento. Son trabajos de un sesgo, se diría, discretamente explosivo, centelleante, luminoso, incluso celebratorio, como si fueran producto de una cierta liberación: como si el autor, tras años de ocuparse serena pero disciplinadamente de comidas y manteles, se hubiese sentido con fuerzas para convertir el cuadro mismo en un festín.

¿Quiere esto decir que ha terminado su proyecto de investigación? Desde luego que no hay motivo alguno para pensarlo. En realidad, la posición en que hoy día parece que se encuentra apenas podría ser más abierta. Ante el pintor aparecen nítida y simultáneamente desplegados –porque él mismo, claro está, se ha encargado de desplegarlos- una buena parte de los aspectos y motivos a los que ha venido dedicándose desde hace décadas. Están ahí, pero no sabemos si para quedarse, ni menos aún de qué manera. En tato que parte de un proyecto, serán seguramente procesados y puestos a prueba en conexión con la experiencia que ellos mismos promuevan. Es esa experiencia –que no requiere de experimentos científicos- la que constituye el alfa y omega del arte, y la que el pintor debe confrontar, precisamente, investigando su curso en el territorio de la pintura. Que, al fin y al cabo, no dista demasiado del mundo de la vida.

Texto: Vicente Jarque

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