17 de enero – 24 de marzo de 2008

Centro de Arte Contemporáneo / Cuenca


La Fundación Antonio Pérez inaugura una nueva exposición dentro de su décimo aniversario. Se trata de doce esculturas de gran tamaño tituladas Meninas. Infantas de hojalata, realizadas en fibra de vidrio, poliéster y hierro.

El autor de las esculturas, dEmo ha sido el encargado de realizar una ampliación de las conocidas Meninas de Antonio Pérez, uno de sus objetos encontrados más preciados nacidos de la ingeniosa habilidad de Antonio  de quitar estratégicamente el estaño que recubre las botellas de vino.

Estas meninas de Antonio Pérez, de apenas 10 cms., han sido sometidas a la visión del artista toledano Eladio de Mora, más conocido como dEmo, ampliando el objeto hasta conseguir una menina de 2 metros de alto por 2 metros de ancho. No hay que olvidar que la Fundación cuenta con varias esculturas de este artista, dos osos de mediano y gran tamaño, dos coches y un robot, entre otros.

Ambos artistas, dEmo y Antonio Pérez, han unido sus miradas para hacer un “guiño a la Historia del Arte” a través de uno de los iconos más famosos, las Meninas.

La exposición podrá visitarse en los jardines del palacio de Diputación hasta el próximo día 24 de marzo de 2008.

 

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Antonio Pérez es uno de esos personajes precedidos por su leyenda. Supe de sus caminatas a la vera de los ríos, de sus días en el París de los exiliados españoles y de su amistad con Antonio Saura y Manuel Millares antes de conocerle. Como cualquier otro amante de la cultura, me emocionaba al imaginarle andando por el bulevar de Saint-Germain “con su bufanda roja flotando al viento y los bolsillos de su gabardina llenos de libros”, como nos lo describe en su recuerdo Juan Marsé. Me impresionó saber de su actividad en la mítica editorial Ruedo Ibérico, del papel que jugó en la publicación de La ciudad y los perros del joven Mario Vargas Llosa… Cómo no quedarme fascinado cuando escuché que, entre en su innumerable lista de amigos, también se incluían los nombres de Alejo Carpentier, Marguerite Duras y Luis Buñuel. Incluso llegó a tratar a Alberto Giacometti. Pero, por encima de todo, la que más me llamó la atención, de cuantas noticias me llegaron de Antonio Pérez antes de conocerle, fue una en la que se afirmaba que su verdadera escuela había sido la intemperie.

Hubo una noticia que me llamó más la atención que esa que hablaba de Facultad de Letras de la Universidad Complutense donde conoció a Francisco Mateos y a Juan Antonio Gaya Nuño. Esa noticia, que me interesó más que saber de aquellas aulas madrileñas, donde a buen seguro Antonio Pérez alumbró sus versos postistas, fueron esos dibujos y demás apuntes del natural que –según me contaron- pedía a los pastores, labriegos y guardias civiles que le salían al paso en su peregrinar por la vera de los ríos.

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La escuela de la intemperie

Considerando que en 1956 visitó a Hemingway en El Escorial, cabe suponer que el libro de notas donde quedó plasmada cuanta creación pidió Antonio a cuantos se cruzaron entonces en su camino era una Moleskine, la agenda favorita del escritor estadounidense. Lo que sí se puede afirmar categóricamente es que en aquellas marchas por las riberas, Antonio estaba haciendo camino al andar. Era así fiel a lo propuesto por su admirado Machado, ese poeta al que dedicó antologías en su actividad como editor en el exilio parisino y del que ahora conserva una fotografía entre los objetos que atesora en la biblioteca de su casa de Cuenca.

Fue haciendo camino a la intemperie cuando Antonio Pérez empezó a ver ojos en las perforaciones de los ladrillos y extrañas, pero atractivas, formas en los cartones y en los cantos rodados. Fue haciendo camino a la intemperie cuando empezó a llenarse los bolsillos –sus míticos bolsillos- de tesoros. Unos me hablaban de él llevando en ellos algunas de aquellas extrañas ediciones que a menudo caían en ese libro que se compraba al día; otros lo evocaban con esos mismos bolsillos llenos de cachivaches. Trastos en desuso, herrumbrosos o anticuados en los que Antonio Pérez –“El mejor descubridor de objetos, el mayor coleccionista de objetos encontrados que conozco”, en palabras de Antonio Saura- veía ciertas similitudes con las telas de Tapies o las piezas de Brancusi. Muchos de aquellos objetos redimensionados se atesoran en la fundación que lleva su nombre y que ahora se dispone a celebrar el décimo aniversario de su puesta en marcha.

Decía Marcel Duchamp que un artista es aquél capaz de dar un nuevo sentido a un objeto concebido para otra cosa. La más fascinante de las noticias sobre Antonio Pérez que escuché antes de conocerle parecía suscribir al pie de la letra la sentencia de Duchamp. Cuando finalmente conocí personalmente a Antonio pude comprobar hasta qué punto era verdad. De idéntica manera que convirtió en obras de arte los apuntes que dejaron en su agenda cuantos se cruzaron en su camino a la vera de los ríos, en las primeras comidas que compartimos pude comprobar cómo Antonio, ya en la sobremesa, cuando algunos gustan entretenerse recogiendo migas del pan con las yemas de los dedos, se inclinaba por quitar el estaño que aún cubría la botella de vino y hacer con él una menina. He de reconocer que, pese a estar cautivado por ese entusiasmo –“Altamente contagioso” en palabras de Juan Marsé- que pone al hablar de las emociones que les inspiran las lecturas, los volúmenes o los colores que le agradan, verle moldear sus meninas de estaño siempre ejerció sobre mí un magnetismo mayor.

La ilusión dignifica la realidad

A esas meninas viene a rendir tributo la mía, mi aportación al décimo aniversario de la Fundación Antonio Pérez. No deja de ser curioso que el siglo diecinueve conociera a otro artista llamado Antonio Pérez. Antonio Pérez Rubio, natural del madrileño pueblo de Navalcarnero. Este último, aunque de formación clásica, también era bohemio y pintaba meninas. Puede que se debiera a que en la célebre iglesia de la Inmaculada Concepción de su pueblo contrajeron matrimonio los mismos Felipe IV y doña Mariana cuyas efigies, reflejadas en el célebre espejo, presiden subliminalmente La familia de Felipe IV, es decir: Las meninas de Velázquez. Corría 1862 cuando aquel otro Antonio Pérez dio a una de sus obras más celebradas un título inequívoco: Menina y pajes de Felipe IV.

Sabido es también que el mismo Picasso en 1917 realizó una serie de 58 lienzos en homenaje a Las meninas de Velázquez. Esas mismas meninas inspiraron al mexicano Alberto Gironella. A buen seguro que todos ellos, además de rendir tributo a la obra maestra del sevillano, homenajean también a lo que ésta representa: la integración de la sutil ilusión en la realidad, esa ambigua sensación que tiene el espectador de Las meninas de Velázquez de penetrar en el espacio del cuadro con sus personajes mirando hacia ese rey y esa reina cuyo lugar se confunde con el nuestro, los espectadores del lienzo.

En cualquier caso, la quimera horadando lo real, es el norte que ha guiado a mi menina. La realidad es la hojalata, un material innoble, pero tan querido por nuestro Antonio Pérez como la arcilla de los ladrillos, la ondulación de los cartones o las simples manchas; la ilusión, dignificar dicha hojalata redimiéndola de su destino de material industrial, dispuesto para el envasado de conservas u otros menesteres por el estilo y elevarla a la categoría de materia prima para el arte. Eso mismo es lo que hace nuestro Antonio al enmarcar y atesorar sus hallazgos, esos objetos que le brinda la intemperie.

Particularmente, elevo mi menina de servidora de la familia real a la categoría de infanta. Mi infanta de hojalata lo es en alusión a otra instancia de la obra de Velázquez: aquella –ya aludida- en la que el maestro eleva a los espectadores de su obra a la categoría de reyes. Bien podemos –y debemos- afirmar que Velázquez otorga tal dignidad a quienes admiran su óleo al colocarles en el lugar que ocupan Felipe IV y doña Mariana en la escena que representa. En efecto, de que somos nosotros los monarcas cuando contemplamos Las meninas es prueba irrefutable el reflejo de las efigies de Felipe IV y doña Mariana en el espejo situado al fondo de la habitación. Si el sevillano pintara su obra mientras nosotros la observamos seríamos nosotros los reflejados en aquel espejo.

Esta dignificación del personaje anónimo es algo que complace a nuestro Antonio tanto como la dignificación de los objetos míseros. No hay duda, los labriegos, los arrieros, los pastores, los guardias civiles que tuvieron a bien dejar su impronta en libro de notas de nuestro Antonio Pérez cuando se cruzaron en su camino, fueron elevados a la categoría de artistas cuando aquellos apuntes pasaron a ser un objeto de culto. A buen seguro que aquellas notas, aquellos dibujos, cuentan ya –o contarán según sentencia del tiempo- entre las pocas pruebas de que sus autores pasaron por el mundo.

En base a esas observaciones y en base también a la admiración que me inspira el hombre que, mientras me hablaba de sus días en el París del exilio, hacia meninas con el estaño que cubría el cuello de las botellas de vino de las que acabábamos de dar cuenta, permítaseme a mí que eleve mi menina de hojalata a la categoría de infanta. Hojalata en la que también cabe ese reflejo en que los espectadores pueden sentirse reyes.

Antonio Pérez es hombre que no deja indiferente a nadie –es por todos conocido que a inspiró el personaje de Pijoaparte a su amigo Juan Marsé-, con quien se perdía entre las noches y las nieblas del exilio parisino-, unos le aprecian por sus ediciones, por aquellos bolsillos que siempre llevaba llenos de libros. Sin que una cosa quite la otra, de idéntica manera que en los estantes de su biblioteca los hallazgos de la intemperie se suceden a los volúmenes, yo le aprecio por su capacidad para descubrir la belleza en los objetos más insospechados que le brinda el camino. La mayor parte de las piezas atesoradas en su fundación carecerían de valor si él no nos lo hubiera descubierto. Brancusi aseguraba que “se llega a la simplicidad a medida que uno se acerca al significado real de las cosas”. Enmarcar, dignificar lo que para el resto de los mortales hubiese sido material de derribo. Eso le honra y a buen seguro que está en estrecha relación con que haya tanta gente que quiere tanto a Antonio Pérez. Puestos a medir la grandeza de una persona, pocos baremos son tan precisos como su número de amigos.

 dEmo

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Foto. La Tribuna de Cuenca

 

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